Coherencia
“…an airbag saved my life”.
Esas fueron las palabras que alcancé a escuchar cuando alguien golpeó la puerta de mi habitación. Era mi hermana. Se reía.
—¿Viste esto? —mientras sostenía un cuaderno escolar.
Alejandro:
Debes tratar de escribir con letra más clara, que se distinga la letra. Escribe lecturas con letra más clara (grande).
Tenía 7 años cuando esta nota aterrizó para que la vieran mis padres. Como referencia, así era mi letra en aquel entonces. Dato curioso: es una receta de crema pastelera. Poco sabía que décadas más tarde me encontraría escribiendo más recetas.
No podía parar de reír cuando vi la nota de la maestra. La verdad, me sorprendió más saber el tiempo que sobrevivió dicho cuaderno. ¡Toda una pieza de historia!
Saqué algunas fotos. Compartí historias en Instagram. Y luego, me di un viaje por la memoria. Empecé a recordar imágenes nítidas de mis años fundacionales, donde empezaba a cultivar sentido propio y reflexionar sobre preguntas curiosas. Ya sabés, sobre el origen de la consciencia, la vida, la muerte, la posibilidad de vida extraterrestre, cómo derrotar al boss en el Stage 4 de Willy en Mega Man 2, y por supuesto, la campaña de Barbarossa en Age of Empires 2. Dios que estaba complicada.
Recordé que en jardín de infantes, las maestras nos introducían a los distintos tipos de letras, mayormente en formato imprenta. Imprenta es el estilo que estás viendo y leyendo en este preciso instante.
Un año después, en primer grado, a los 6 años, empezamos a aprender a escribir. Nos enseñaban a escribir en letra de carta, esa donde cada letra está conectada y tiene un estilo curvo. (Así la llamaba mi maestra, al menos. En otros lados, y en los manuales, la suelen conocer como cursiva.)
No me gustaba. Tenía un estilo amanerado que me resultaba desagradable. Quizás por lo malo que era con ella. Pero recuerdo voces internas donde me decía a mí mismo lo confuso que era escribir en un tipo de letra que no veía en ningún otro lado. Parecía que el único lugar donde se usaba era ahí, en la escuela. Como si el propósito de su existencia fuera cumplir ese rol.
Después de atar on alambre algunas conexiones peculiares dentro de mi cabeza, tratando de darle un sentido, nació mi hipótesis final:
“Bueno, debe ser esto: estoy en la escuela, todos la usamos acá. Por ende, tengo que seguir la línea”.
Pasó un año o dos. Sin éxito, seguía pensando que la letra de carta era fea. Mi letra de carta, la letra de carta de todos. Algunas eran un poco mejores, pero nunca rompían el umbral de lo feo.
Esa nota de la maestra sobre mi letra ilegible se escribió cuando tenía 7 u 8 años. Tendría usualmente esos comentarios de mis maestras y de todos a mi alrededor. No era un caso aislado.
Recuerdo nunca, jamás, estar conforme con mi letra de carta. Por supuesto que Gladys tenía razón. Y también la tenía cualquiera que tratara de leer mis apuntes sin entrenamiento de farmacéutico.
Invertí semanas… no, meses de esfuerzo practicando. La mayoría del tiempo obligado a hacerlo. Eventualmente mejoré, pero nunca al punto de quedarme conforme.
Un poco de lado, pasaba horas y horas haciendo todo tipo de cosas en la computadora. Siempre fascinado por el trabajo gráfico, ya sea en forma de videojuegos o simplemente la UI/UX del sistema operativo. Windows 98 en aquel entonces. En algún momento, pensé:
“¿Cómo es posible que el estilo en el que nos dicen que escribamos [letra de carta] no se encuentre en ningún lado por ahí afuera? Ni en la TV. Ni en las computadoras. Ni en los videojuegos. Ni en posters, ni en los carteles publicitarios de las calles. ¿Por qué será?”
Seguí cuestionandome:
“Me fascina la estética de esa otra [imprenta]. ¿Por qué no la aprendemos? Tampoco es que mis compañeros estén mejor con la letra de carta. Haría todo mucho más fácil. Me sentiría más conectado con mi entorno. Tendría sentido. Digo, parece ser el tipo de letra que usa todo el resto que hace trabajo real, serio, de adultos, ¿no?”
Sentía que había tropezado con la cura definitiva para mi desmotivante letra.
“Esto es. Llegó mi momento de brillar”.
Un día estaba pasando por uno de estos ejercicios hartantes de escritura. Años de frustración acumulada sobre todo el asunto me llevaron a alcanzar cierta determinación interior:
“Mañana es el día. No hay vuelta atrás”.
Y mañana llegó. Sentado en mi banco, desafiando por última vez a mi propia letra de carta en mi cuaderno escolar, inhalé profundamente. “Voy a ser libre. Ya no voy a cuestionar mi propia sanidad expresiva. El comienzo de una nueva era”.
Solo entonces, encontré el coraje para levantarme y acercarme a mi maestra:
—Seño, ¿puedo escribir en imprenta?
—No. Solo se permite letra de carta.
Como si la naturaleza de mi pregunta fuera tan efímera como su respuesta.
…
Perdí. Me sentí devastado.
No tenía opción.
Estaba de rodillas ante letra de carta.
Letra de carta llegó para quedarse.
Nunca volví a preguntar. Demasiada vergüenza por una pedido tan estúpido. ¿Cómo me atreví a plantear algo tan tonto?
Comentarios sobre mi letra ilegible seguían llegando, de todos lados. A veces en formas raras: “Interesante que vos, siendo varón, escribas con letra tan chica. Eso es más típico de las nenas, los varones suelen escribir más grande”.
Nunca supe qué hacer con esos comentarios. Ni me agradaban, ni me ofendían. Los tomaba como observaciones, lo cual creo que era lo más sano que podía hacer con ellos. En retrospectiva, me pregunto si eran críticas suavizadas para no sonar duras. No lo sé. Pero ya me había acostumbrado a ellos.
Avancemos a la secundaria. A los 16, los profesores nos empezaron a entrenar en una tipografía basada en DIN 1451. Mi secundaria era muy técnica e inclinada hacia la ingeniería. Hacíamos dibujos técnicos de cosas que obsesionarían a un ingeniero mecánico. Tornillos, poleas, roscas, partes de motor, la lista sigue.
Nos enseñaban a escribir los rótulos de esos dibujos en esa tipografía, ya que era el estándar. Teníamos clases de caligrafía a mano para dominarla.
El objetivo era normalizar la escritura en algo cohesivo, legible por cualquiera sin esfuerzo. La misma idea que tenían nuestras maestras de primaria con la letra de carta… hmmmm, esa la escuché antes. Pero bueno, esto es imprenta. Capaz que vale la pena el intento, supongo.
La norma IRAM 4503-1 sentó las bases de la familia tipográfica. Formas de las letras, proporciones, espaciado. El PDF que nos entregaron también incluía hojas de práctica que usaríamos en nuestras clases de caligrafía.
Hasta el día de hoy, DIN me agrada bastante. Es una tipografía hermosa. No tuve muchas oportunidades de ponerla en práctica, pero supongo que es cuestión de tiempo.
Acá está el PDF en cuestión, si te interesa. Mirá esta maravilla:


A esa altura, cualquiera que efectivamente trabajara en ingeniería ya hacía estos dibujos en una computadora, y, por extensión, los textos también. Imprimirlos, o mandar el PDF en algún intercambio de mails burocrático y tedioso entre colegas. Pero no, nosotros teníamos que aprenderlo a mano. Tradición, supongo.
Aunque, para ser justos, tal vez esto de aprender a escribir a mano estaba haciendo algo que en ese momento yo no veía. En tiempos recientes, estamos empezando a notar, como sociedad, que algo cambia cuando la habilidad de escribir manuscrito se desvanece.
Lo importante es que aquello, finalmente, FINALMENTE rompió las cadenas de letra de carta para mí. Resulta que escribir en imprenta siempre estuvo permitido en la secundaria. Solo que me habían adoctrinado en la idea de letra de carta eterna y nunca me había dado cuenta.
Hoy, mi estilo de escritura es imprenta.
Las clases de caligrafía ayudaron mucho a mejorar mi claridad. La gente ya no me cuestiona la letra.
Aunque uso mayormente medios digitales cuando necesito escribir algo, sigo manteniendo un cuaderno cerca. Algunas ideas parecen aflorar de manera distinta gracias a esta conexión analógica entre lápiz, papel, pensamiento y mano.
Algo relacionado, mi tipografía favorita: la familia Inter.
¡Bueno! Cerremos esto.
Qué lindo memoir sobre mi deconstrucción de la letra de carta.
Una última vez, me encuentro reflexionando sobre la nota de mi maestra, nostálgico…
¿Estaré envejeciendo? El tiempo vuela, sí…
…esperen.
Un momento. ¿Eso es…?
…¿la Srta. Gladys realmente…? oh Dios.
LA ESCRIBIÓ EN MALDITA IMPRENTA.
~ inhalo ~~ exhalo ~
No lo vi en aquel entonces.
Tampoco mis padres. Ni nadie.
Ni siquiera estoy seguro de que mi maestra se haya dado cuenta.
No lo puedo creer.
Me lavaron el cerebro con letra de carta. Por años.
(no puedo parar de reírme mientras escribo esto)
Le conté a Mamá sobre esta revelación. Quedó tan impactada como yo. Al rato logra traer a colación otra fascinante pieza histórica:
—En aquel entonces, también hacías los ejercicios de matemática en la cabeza. De principio a fin. Eras bastante rápido con los números y te parecía una pérdida de tiempo escribir las “operaciones auxiliares” (básicamente, los cálculos paso a paso en papel). Así que los hacías en la cabeza, llegabas al resultado correcto casi siempre, y sacabas perfecto en las pruebas. Pero las maestras se molestaban con eso, y te bajaban (¡!) puntos en las pruebas porque no escribías las operaciones auxiliares. Porque no tenían “manera” de verificar cómo habías llegado al resultado. Lo cual es absurdo, porque tampoco es que andabas con una calculadora. Pero eran las reglas. Para mí, el hecho de que no necesitaras todo eso ameritaba más reconocimiento todavía, si se entiende.
Eso cayó duro.
Un castigo por ser demasiado eficiente. Recuerdo estar furioso de chico por este asunto. Como con la letra de carta, pero peor. El resentimiento era tan grande que me rebelaba contra la idea y no cumplía con esos “requisitos”.
“Alejandro, por favor, hacé los ejercicios auxiliares cuando hagas la tarea, y también para la prueba de mañana”. Al infierno con eso. La letra de carta ya era suficiente absurdo. Genuinamente pensaba que la regla era una de las cosas más estúpidas con las que me había cruzado en mi por entonces corta experiencia.
Me mantuve fiel a mis principios y evitaba los ejercicios auxiliares lo más posible. No podía concebir la idea de que ser más rápido y no necesitar escribir cosas, que decir “puedo hacerlo en la cabeza, ¡mirá!” no fuera motivo de celebración. Todo lo contrario. Que me bajaran puntos por las histéricas razones de “verificación” de arriba.
En ese momento empecé a preguntarme si los adultos siempre tenían la razón, como solían predicar. Evolucionó en escepticismo hacia la autoridad y los que mandan. Yo, 6 años. Una década más tarde, todo cobró sentido cuando me di cuenta de que el sistema venía funcionando exactamente como estaba diseñado desde el principio.
Por suerte, mis padres entendieron lo absurdo del asunto. Se involucraron en discusiones con mis maestras al respecto. Creo que esto pasó en prácticamente todos los grados de primaria. Por suerte, todas terminaron entrando en razón, en términos pacíficos y diplomáticos. Algunas de mis maestras incluso se disculparon conmigo personalmente más adelante, y nos dejaron (a mí y a otros) saltearnos las operaciones auxiliares si sentíamos que no las necesitábamos.
Cariños a la Srta. Gladys, de todas maneras. Honestamente, es una de las mejores maestras que tuve. Su letra también era bastante buena, ahora que puedo apreciarla sin la ansiedad extra que me generaba en aquel entonces, cuando tenía que mostrarle la nota a mis superiores.